viernes, 5 de marzo de 2010

Versailles, la locura de un Rey


Si alguien tiene dudas sobre lo que es la opulencia y los aires de grandeza no tiene más que subirse a la línea C del tren que lleva a Versailles. En el lugar donde antes no había más que un valle agreste y descuidado ahora se levanta uno de los palacios más grandes del mundo.


Allá por el 1631, el entonces Rey de Francia, Luis XIII, frecuentaba el pueblo de Versailles para dedicarse a su mayor afición: la caza; al parecer debía resultarle cansado volverse a su residencia de Paris tras tanto ajetreo y decidió construirse aquí una pequeña villa.
Su hijo, Luis XIV, fué quien transformó esa villa en el palacio que vemos hoy. Ascendió al trono ¡con solo cinco años! si bien su madre, Ana de Austria, cambió el testamento del finado rey para gobernar como regente hasta que el joven heredero fuese mayor de edad. Con cada guerra ganada y cada moda pasada el monarca fué desarrollando los diferentes estilos del chateau. En 1682 Luis XIV decide trasladar la sede del gobierno desde París a Versailles, lo que supuso una mayor ampliación del por entonces ya gran complejo. El palacio de Versailles es una enorme colección de pinturas, lámparas de cristal, chimeneas gigantescas...





Fué al parecer un monarca déspota, totalitario, metódico, de ego desmesurado, que creía que su poder provenía directamente de Dios. Todo eso podría ser el motivo de que recibiese las visitas desde una cama, con un reloj de pié por compañía


Al fondo de los jardines el Gran Trianon, un templo de Flora dedicado a la jardinería; sus paredes son de mármol (rosa, traido de Languedoc, y verde, de los Pirineos) y sus jardines un recorrido botánico a través de un túnel de enredaderas
Lejos de todo el bullicio y pomposidad de la corte encontramos los que dominios que en el siglo XVIII frecuentaría Maria Antonieta: el Petit Trianon. Es éste un palacio más de cuento, de dimensiones menores, pero con un encanto mucho más romántico. Lo recorremos de Este a Oeste, paseando por el Jardín Inglés, en una pequeña isla está el " Temple de l'amour" de estilo clásico, con una escultura de Cupido en el centro. Más al centro el Belvedere o palacio de la música, con pinturas de ángelotes e instrumentos en tonos rosados en su interior. Y por último el pequeño teatro de la Reina.





Separando el gran chateau de los Trianones se extiende el Gran Canal, por el que en su día navegaban embarcaciones contruidas en Francia y Venecia. Al fondo de este enorme estanque encontramos incluso una versión de la ciudad italiana: la Petite Venise, habitada hace unos siglos por marineros.



Versailles es, en fin, un monumento a la grandeza de un rey, si bien a mi lo que me ha deslumbrado no ha sido el dorado de sus portalones, sino la calma verde de sus pequeños rincones.

jueves, 4 de marzo de 2010

Bordeaux: vino y chocolate de colores


Pasamos la tarde por Bordeaux en nuestro camino con destino final Paris. Un bonito tranvía recorre la ciudad y es casi una plaga, cada dos cuadras que hacés tenés que tener cuidado de que no te atropelle.
La catedral de St André con su versión miniatura esta acompañada de una torre con una virgen dorada en lo alto. Por las calles muchas personas caminando constantemente y muchos adolescentes franceses vestidos a la moda y correteando de un lado para el otro.


Aprovechamos el solcito para caminar por las calles peatonales Sainte Catherine y nos sentamos a comer unos sandwichs con mucho queso fundido y con huevo frito (madame) y sin huevo frito (monsieur) que estaban muy ricos.
bajamos hacia el rio por Rue St Remi y salimos a la Place de la Bourse, centro de las transacciones bursatiles y con una plaza adoquinada que estaba bien aunque no nos deslumbró demasiado.


Después nos fuimos a ver la Place des Quinçonces que es la plaza más grande de toda Europa, pasamos por la plaza de la comedia en donde esta el teatro y por los alrededores varias chocolaterías con especialidades de chocolates en colores.


Nos tomamos un cafecito y un mouse de chocolate sabrosísimo en la cafetería "Napoleón" y nos llevamos unos croissants para seguir el camino hacia Limoges.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Bayonne, el País Vasco Francés

Domingo 28 de febrero, atravesamos la frontera a los pies de los Pirineos más occidentales. Son solamente los restos de la gran cordillera, pero impresiona lo duras y escarpadas que son esas moles de piedra (cómo serán los gigantes de verdad!)
Apenas unos cuarenta kilómetros más de autopista y llegamos a Bayonne, una pequeña ciudad marcada por el paso de dos ríos perpendiculares entre sí: el Adour (el más grande que se abre directamente al mar Cantábrico) y el pequeño Nive (que divide la ciudad en dos partes de Norte a Sur: al Oeste la Grande Bayonne, al Este la Petite Bayonne)



Bayonne es un laberinto de ríos y puentes, ahora atraviesas el Adour y cuando te das cuenta vuelves a tener agua bajo tus pies. Ambas mitades de la ciudad, a uno y otro lado del Nive parecen competir con el típico "culo veo culo quiero": si la hermana grande tiene el Chateaux Vieux -castillo viejo- la pequeña se construye su Chateau Neuf -castillo nuevo-. Si la peque de la casa tiene la Porte de Mousserolles, la mayor, que no va a ser menos, le pone una puerta al país vecino para él solito (La Porte d'Espagne). La orilla oeste tiene la Catedral de Ste.-Marie, construida entre los siglos XIII y XVI; la orilla este "solo" cuenta con la Iglesia de St.-André , así que para compensar abre el Museo Bonnat, en honor al pintor local León Bonnat, y para darle importancia expone en él bocetos de Rubens, Murillo, El Greco...

Dejamos atrás tanta lucha fratricida y seguimos hacia el Norte, hacia la capital de los vinos franceses (y, en cuanto a precios al menos, del Mundo): Bordeaux.