Si alguien tiene dudas sobre lo que es la opulencia y los aires de grandeza no tiene más que subirse a la línea C del tren que lleva a Versailles. En el lugar donde antes no había más que un valle agreste y descuidado ahora se levanta uno de los palacios más grandes del mundo.
Allá por el 1631, el entonces Rey de Francia, Luis XIII, frecuentaba el pueblo de Versailles para dedicarse a su mayor afición: la caza; al parecer debía resultarle cansado volverse a su residencia de Paris tras tanto ajetreo y decidió construirse aquí una pequeña villa.
Su hijo, Luis XIV, fué quien transformó esa villa en el palacio que vemos hoy. Ascendió al trono ¡con solo cinco años! si bien su madre, Ana de Austria, cambió el testamento del finado rey para gobernar como regente hasta que el joven heredero fuese mayor de edad. Con cada guerra ganada y cada moda pasada el monarca fué desarrollando los diferentes estilos del chateau. En 1682 Luis XIV decide trasladar la sede del gobierno desde París a Versailles, lo que supuso una mayor ampliación del por entonces ya gran complejo. El palacio de Versailles es una enorme colección de pinturas, lámparas de cristal, chimeneas gigantescas...
Fué al parecer un monarca déspota, totalitario, metódico, de ego desmesurado, que creía que su poder provenía directamente de Dios. Todo eso podría ser el motivo de que recibiese las visitas desde una cama, con un reloj de pié por compañía
Al fondo de los jardines el Gran Trianon, un templo de Flora dedicado a la jardinería; sus paredes son de mármol (rosa, traido de Languedoc, y verde, de los Pirineos) y sus jardines un recorrido botánico a través de un túnel de enredaderas
Lejos de todo el bullicio y pomposidad de la corte encontramos los que dominios que en el siglo XVIII frecuentaría Maria Antonieta: el Petit Trianon. Es éste un palacio más de cuento, de dimensiones menores, pero con un encanto mucho más romántico. Lo recorremos de Este a Oeste, paseando por el Jardín Inglés, en una pequeña isla está el " Temple de l'amour" de estilo clásico, con una escultura de Cupido en el centro. Más al centro el Belvedere o palacio de la música, con pinturas de ángelotes e instrumentos en tonos rosados en su interior. Y por último el pequeño teatro de la Reina.
Separando el gran chateau de los Trianones se extiende el Gran Canal, por el que en su día navegaban embarcaciones contruidas en Francia y Venecia. Al fondo de este enorme estanque encontramos incluso una versión de la ciudad italiana: la Petite Venise, habitada hace unos siglos por marineros.
Versailles es, en fin, un monumento a la grandeza de un rey, si bien a mi lo que me ha deslumbrado no ha sido el dorado de sus portalones, sino la calma verde de sus pequeños rincones.